Gloria a los
días de otoño en los que jamás te conocí, gloria al nuevo y más antiguo
sufrimiento de los pesares de un pacto, gloria a mi razón, mi moral, mi
venganza…
Gloria al
dulce pasto que te conoció, a mis espaldas que bajo éste se recostaron… pronto,
quien realmente con sus labios fríos curó los pesares se volvió fuerte, será
parte de él, del sufrimiento y la soledad.
Gloria a los llantos, a la vida, a
la muerte. Gloria a la existencia y a la falta de ella. Creciendo una y otra vez, bajo el peligro de
la felicidad…
Pequeños
momentos en los que se revela ese único yo que no es más que tú, que revuelcan
las apariencias de lo imaginado, que crean la insistencia de lo poco cotidiano,
en esas palabras se encuentras su esencia, su presencia, su verdadero yo.
Latiendo tan
fuerte a causa de la emoción, de obtener lo perdido, como una familia que se ha
esfumado dentro de las llamas, del aire, del oxígeno… Alegre por los placeres del cielo… invocando
al infierno para retener sus deseos.
Una tierna
criatura evocando sus propios deseos, un imposible que desenlaza terribles
criterios, tomando las tinieblas, esperanzado en la oscuridad de los que menos
obtenemos.
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